En un principio esta reflexión estaba planteada para el otro blog que mantengo, pero una de las personas a las que les dejo leer previamente mis reflexiones para que realice aportaciones me ha sugerido que lo ponga aquí. Que lo que digo si en vez de hablar de las situaciones que planteo, lo ponga en relación con la siatuación actual de la familia y el nido repleto.
El cuco y el nido ajeno: una lección de la naturaleza que la política española parece haber estudiado con atención
Hay estrategias en la naturaleza que resultan incómodas de observar porque, aunque perfectamente racionales desde el punto de vista evolutivo, chocan con nuestro sentido de la justicia. La del cuco es una de ellas. Y cuanto más se piensa en sus fases, más inevitable resulta encontrar paralelismos con ciertas dinámicas de poder que llevamos años presenciando en la política española (leámos en nuestra familia o en las familias en general).
Fase uno: observación y engaño.
El cuco no actúa por impulso. Vigila, espera, calcula el momento exacto en que los dueños del nido bajan la guardia. No hay violencia en el primer movimiento, solo paciencia y estudio del terreno. Así opera también quien busca ocupar un espacio institucional (cuando hablemos de esto podemos también hablar de familia) que no ha construido: no derriba puertas, espera a que el sistema, distraído en sus propias contradicciones, le abra una rendija. Pactos que en otro momento habrían sido impensables se firman precisamente cuando el «nido» político – las instituciones, los consensos, los equilibrios de siempre – está más debilitado y menos atento.
Fase dos: sustitución.
Aquí está la parte más inquietante de la técnica del cuco: no ocupa un espacio vacío, retira algo que ya estaba allí y pone lo suyo en su lugar, imitando la forma para no ser detectado. No hay ruptura visible, hay sustitución disfrazada de continuidad. Es exactamente lo que ocurre cuando un discurso político se apropia del lenguaje de sus predecesores – la moderación, el diálogo, la España constitucional (el buenismo o esta fase ya pasará) – vaciándolo de contenido y rellenándolo con un proyecto que poco tiene que ver con el original. Se conserva el envoltorio, se cambia el interior. Y como el huevo del cuco, al principio nadie nota la diferencia («la ventana de Overton»).
Fase tres: eclosión y competencia.
Cuando el polluelo de cuco nace, no negocia con sus compañeros de nido: los expulsa. Empuja huevos y crías legítimas fuera, sin que los padres adoptivos – programados para alimentar lo que hay en su nido, no para cuestionar su origen – hagan nada por evitarlo.
Trasladado al terreno político, esta fase recuerda a cómo determinados proyectos, una vez instalados en el poder, no comparten espacio con las estructuras que los alojaron: las reconfiguran a su medida, apartan voces incómodas – dentro y fuera de las propias filas (en las familias se constituyen roles casi rígidos y si te sales de ellos, «sales o te expulsan de la familia»)- y normalizan la exclusión como si fuera gestión ordinaria. Y lo más llamativo es que quienes deberían resistirse a alimentar esa dinámica – instituciones, medios, contrapesos (los padres naturales)- siguen actuando como los padres adoptivos del cuco: alimentando por instinto y costumbre, sin preguntarse por qué el polluelo que reclama toda la comida no se parece tanto a ellos como creían.
Fase cuatro: monopolio alimenticio o la obligación de cuidar los padres a los hijos que no se independizan nunca.
El final de la estrategia es el más elocuente. El polluelo de cuco no comparte recursos, los exige todos para sí, y cuanto más grande se hace, más agresiva es su demanda (incluso si puede se quedará con todo el pastel de los hermanos, si los tuviese). Los padres adoptivos (o los autenticos progenitores), ya exhaustos, siguen entregando cuanto tienen aunque el resultado sea evidente: han sacrificado a su propia descendencia por alimentar algo que nunca fue suyo. En términos políticos, esto se traduce en un aparato de poder que, una vez instalado, no administra recursos con criterio de reparto, sino con criterio de subsistencia propia: cargos, presupuestos, relatos institucionales, todo se dirige a sostener al ocupante, no a quienes originalmente sostenían el nido (es decir los abuelos, o los pensionistas).
Lo fascinante – y lo perturbador – de la técnica del cuco es que no requiere fuerza bruta, solo oportunidad, mimetismo y la pasividad de quien no quiere ver lo evidente. La naturaleza no juzga esta estrategia, simplemente constata que funciona mientras el anfitrión no aprenda a reconocer el huevo que no es suyo. La pregunta incómoda, trasladada al terreno político, no es si existe el parasitismo, sino cuánto tiempo más va a tardar el nido en darse cuenta de qué polluelo está alimentando.
