Pensaba escribir estas reflexiones en el otro blog que mantengo, pero pienso que en este, dedicado a temas que tienen que ver con la familia, educación, … puede ser también de gran ayuda.Modificado también lo trasladaré al otro sitio: Disensoconsentido. Todo empezó hace unos cinco años, cuando estaba dándole vueltas si realizaba una tesis doctoral por tercera vez en mi vida, en una cafetería ruidosa (la de la Facultad de Ciencias Sociales y del Trabajo de la Universidad de Zaragoza), con una pregunta de una de mis compañeras docentes en un Curso de Gestión del Conflicto, que en principio parecía inocente: «Pero tú, exactamente, ¿qué entiendes por conflicto?».
Mi interlocutora, y los que estaban con ella, esperaban, supongo, una definición rápida: una pelea, un choque de intereses, un problema que hay que solucionar cuanto antes para recuperar la paz. Porque esa es la idea que solemos llevar en el bolsillo: que el conflicto es un fallo del sistema, una piedra en el zapato de la convivencia, una anomalía que demuestra que algo se ha roto.
Sin embargo, si nos paramos a pensarlo, ¿cuándo fue la última vez que aprendimos algo nuevo estando todos de acuerdo?. Esa fue una de las preguntas que me iluminaron (¿todos los que gestionamos desacuerdos entendemos lo mismo por conflicto? ¿nos enfrentabamos de la misma manera a él? ¿nuestra formación previa como mediadores tenía algo que ver?, etc fueron muchas más las preguntas que fueron surgiendo).
Desde mis formaciones previas, pero sobre todo desde la formación en sociología conocía que durante más de un siglo, la sociología ha estado dividida en dos grandes bandos. Por un lado, los teóricos del consenso, como Émile Durkheim o Talcott Parsons, que miraban la sociedad como un cuerpo humano o una orquesta sinfónica: para ellos, la salud social dependía de compartir los mismos valores, de la armonía, del orden y de la estabilidad. Para esta mirada, el conflicto es una fiebre que hay que curar.
Pero por el otro lado estaban los pensadores del conflicto, desde Karl Marx y Max Weber hasta Ralf Dahrendorf o Georg Simmel. Ellos decían algo muy distinto: la sociedad no es una sinfonía pacífica; es un escenario constante de tensiones, de diferencias legítimas y de pugnas por recursos y reconocimiento. Para ellos, el conflicto no es una enfermedad: es el motor que mueve la historia.
Entonces, ¿quién tiene razón? ¿Estamos condenados a elegir entre una armonía forzada y ficticia o una batalla perpetua?
La realidad de nuestras vidas – en la familia, en el trabajo, en la política – nos demuestra a diario que ninguna de las dos respuestas por separado es suficiente. Y es aquí donde aparece mi propuesta, una propuesta teórica superadora: el disenso consensuado.
¿Qué significa esta aparente contradicción? Significa comprender que el conflicto y el acuerdo no son enemigos irreconciliables, sino dos caras de la misma moneda. El disenso consensuado es el arte sutil de aceptar que discrepar no es un error a corregir, sino una condición humana tan legítima como respirar. Consiste, en definitiva, en aprender a estar juntos sin necesidad de estar de acuerdo en todo.
Ya en el siglo dieciséis, un pensador de la Escuela de Salamanca, Domingo de Soto, intuyó una distinción brillante: explicó que para que exista concordia civil no hace falta que todos piensen lo mismo sobre cada tema particular; lo que hace falta es que compartamos un procedimiento común para tratar esas diferencias. Una cosa es el acuerdo sustantivo – coincidir en el fondo – y otra muy distinta es el acuerdo procedimental – pactar cómo vamos a tratarnos mientras no coincidimos -. Y en la familia esto es tremendamente necesario, la famosa teoría de la mesa camilla que muchas de las personas que he acompañado durante mi vida profesional en este campo conocen sobradamente.
Para que este disenso consensuado funcione en la práctica y no se quede en una bonita idea abstracta, se apoya en cinco pilares fundamentales.
El primero es el reconocimiento explícito de las diferencias. En vez de barrer los problemas debajo de la alfombra o fingir que todos queremos lo mismo, ponemos las cartas sobre la mesa. Reconocemos al otro como un interlocutor legítimo.
El segundo es el acuerdo metacomunicativo. Es el pacto sobre las reglas del juego: acordamos escucharnos sin agredirnos, respetando los turnos y renunciando a la imposición. Consensuamos el marco para poder sostener el disenso de forma segura. (Más importante de lo que parece)
El tercer pilar es la autonomía decisoria. Nadie debería verse obligado a traicionar su identidad o sus principios básicos para poder sentarse a dialogar. Participar en una conversación no significa capitular, ni tampoco imponer.
El cuarto es la dinámica constructiva. El desacuerdo deja de verse como una amenaza que desgasta y pasa a entenderse como una oportunidad para aprender, para innovar y para descubrir matices que antes no veíamos.
Y el quinto pilar es la temporalidad procesual. Las relaciones humanas no se resuelven en una fotografía fija ni con un contrato mágico; convivir es un proceso continuo que se renegocia a lo largo del tiempo. Las situaciones conflictivas, bien gestionadas, desaparecen, pero la familia permanece
Donde mejor se percibe la fuerza de este concepto es en la práctica de la mediación (en este caso la mediación familiar). Un buen mediador no es un mago que convence a dos personas enfrentadas de que en realidad opinan lo mismo. La mediación no busca disolver la diferencia, sino ofrecer un espacio donde esa diferencia pueda expresarse sin destruir el vínculo. Es crear las condiciones para que dos partes enfrentadas puedan decir: «No comparto tu postura, sigo pensando de manera distinta, pero acepto sentarme contigo bajo estas reglas para encontrar una salida viable».
Por supuesto, esto tiene límites. El disenso consensuado no puede florecer cuando existe una desigualdad de poder tan extrema que una de las partes simplemente impone su voluntad bajo la máscara de falsas normas neutrales. Requiere condiciones mínimas de equidad y de respeto a la dignidad del otro.
Las familias como las sociedades que maduran y perduran no son las que logran apagar todas las voces discordantes mediante el pensamiento único, ni tampoco las que se fragmentan en trincheras donde el rival es visto como un enemigo al que hay que aniquilar. Las sociedades más vivas son aquellas que construyen espacios para albergar el desacuerdo.
La próxima vez que surja una discusión tensa en tu mesa familiar, en tu equipo de trabajo o en el debate público, tal vez no haga falta buscar desesperadamente que todos piensen igual. Quizás baste con acordar cómo vamos a discrepar sin romper la mesa. Porque el conflicto, cuando se canaliza a través de un disenso consensuado, deja de ser una amenaza y se convierte en el lugar exacto donde reinventamos nuestra manera de convivir.
