Parece bloqueado y sin ganas de estudiar, no sabe que hacer

Esa frase suele aparecer en muchas cocinas a última hora de la tarde, entre mochilas abiertas, notificaciones del móvil y un “luego me pongo” que se alarga más que una sobremesa de domingo. Y no es raro que, como padres y madres, se nos active una mezcla de preocupación, frustración y cierta prisa: “¿pero cómo que no sabes qué hacer si estás en 4º de la ESO / Bachillerato?”.

Si miramos la escena de cerca, a veces vemos a un adolescente aparentemente desmotivado. Pero si ampliamos el foco – como propondría la Escuela de Milán -, lo que aparece no es solo “falta de ganas”, sino un sistema entero en tensión: expectativas familiares, presión académica (EBAU en el horizonte como una nube persistente), comparaciones con amigos, dudas vocacionales… y, en medio, un chico o chica que quizá no está “pasando”, sino que está bloqueado.

Desde el enfoque de Palo Alto, podríamos decir que hay un problema en la comunicación… pero no solo en lo que se dice, sino en cómo se interpreta. Cuando el adolescente dice “no sé qué hacer”, muchas veces los adultos oímos “no me importa nada”. Y respondemos en consecuencia: más presión, más discursos, más recordatorios. Sin querer, entramos en lo que Jay Haley llamaría una escalada de intentos de solución: cuanto más insistimos, más se retira; cuanto más se retira, más insistimos.

Y así, sin darnos cuenta, el problema deja de ser el estudio… y pasa a ser la relación.

Hay algo importante aquí: el bloqueo no es pereza. El bloqueo suele ser una mezcla de miedo, saturación y falta de claridad. Es como estar delante de un examen sin haber entendido el tema, pero aplicado a la vida. “¿Y si elijo mal? ¿Y si no sirvo? ¿Y si decepciono?”. Son preguntas que no siempre se dicen en voz alta, pero pesan.

Desde el modelo estructural de Minuchin, podríamos observar cómo están los límites y roles en casa. A veces, con buena intención, los padres ocupamos demasiado espacio en la toma de decisiones: orientamos, sugerimos, insistimos… hasta el punto de que el adolescente se queda sin espacio real para explorar. Y entonces aparece una paradoja interesante: le pedimos autonomía, pero le dejamos poco margen para ejercerla.

En otras ocasiones, ocurre lo contrario: ante el bloqueo, la familia se retira, esperando que “espabile solo”. Y ahí el chico o chica puede sentirse bastante solo en un momento en el que, aunque rechace ayuda explícita, la necesita en forma de acompañamiento.

Aquí entra una idea muy potente del modelo de mediación de Harvard: detrás de las posiciones (“no quiero estudiar”, “tienes que estudiar”) hay intereses y necesidades. El adolescente quizá necesita seguridad, claridad, sentir que no todo depende de una decisión perfecta. Y los padres necesitan confiar en que su hijo no se está perdiendo.

Si cambiamos la conversación de “tienes que” a “qué te está pasando con esto”, el clima empieza a moverse.

También ayuda mucho el enfoque transformativo: más que empujar a tomar decisiones rápidas, se trata de favorecer pequeños momentos de empoderamiento (que sienta que puede decidir algo, aunque sea pequeño) y reconocimiento (que perciba que le entendemos, aunque no estemos de acuerdo).

Porque, al final, la motivación no suele aparecer antes de empezar, sino después de dar algunos pasos. Esperar a “tener ganas” es como esperar a tener calor antes de encender la calefacción.

Quizá el objetivo no sea que “sepa qué hacer con su vida” – eso nos lo seguimos preguntando muchos adultos -, sino ayudarle a pasar del bloqueo a la exploración. Del “no sé nada” al “puedo probar algo”.

Y ahí, la familia puede ser más un equipo que un tribunal.

Dos consejos prácticos

  1. Cambia el foco de “decidir” a “explorar”
    En lugar de pedirle que elija ya (carrera, futuro, camino), proponle explorar opciones pequeñas y concretas: mirar un ciclo formativo, hablar con alguien que trabaje en algo que le llame la atención, probar una actividad. Bajar la exigencia desbloquea más que subirla.
  2. Abre espacios de conversación sin presión
    Busca momentos neutros (un paseo, un trayecto en coche) para hablar sin interrogatorio. Sustituye el “¿qué vas a hacer?” por “¿qué es lo que más te agobia de todo esto?”. A veces, entender el bloqueo es más útil que combatirlo.

Dos preguntas para reflexionar en familia

  • ¿Estamos interpretando su bloqueo como desinterés cuando podría ser miedo o saturación?
  • ¿Qué pequeños pasos podríamos dar como familia para pasar de la presión a la exploración?

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