Cuando quiero preguntar… y él se calla: cómo hablar de sexualidad sin romper la confianza

En muchas ocasiones me he encontrado con la situación siguiente: “No sé cómo preguntarle si ya ha empezado… porque en cuanto abro la boca, se cierra.”
Esa frase – real, repetida en muchas cocinas y mesas españolas – resume uno de los grandes dilemas de la crianza con adolescentes: querer cuidar sin invadir, interesarse sin fiscalizar, estar presentes sin que parezca un interrogatorio de la Guardia Civil.

Hablar de sexualidad con un hijo o una hija adolescente no es solo hablar de sexo. Es hablar de intimidad, de límites, de valores, de miedos… y también de nuestra propia historia como adolescentes de los 80 o 90, cuando estas conversaciones brillaban por su ausencia o llegaban tarde y mal.

Abrir la conversación sin juicio: más actitud que palabras

Muchas familias piensan que el problema está en qué decir. Pero desde la mirada sistémica – la de las relaciones, no la de los discursos – el foco está más en cómo nos colocamos que en la pregunta exacta.

Desde el modelo de Palo Alto sabemos que no solo comunicamos con palabras: el tono, el momento, la mirada y hasta el lugar importan. No es lo mismo lanzar la pregunta un domingo por la tarde en el coche que soltarla a bocajarro mientras friega los platos con cara de sospechoso habitual.

Cuando un adolescente percibe juicio o presión, aunque sea mínima, suele activarse una respuesta muy humana: cerrarse. No porque no quiera hablar, sino porque siente que lo que diga puede ser usado en su contra (normas, broncas, silencios incómodos o “ya te lo dije”).

Aquí entra una idea clave de la terapia estratégica de Haley: muchos conflictos se mantienen por los intentos bienintencionados de solución. Cuanto más preguntamos “con cuidado”, más huelen ellos el nerviosismo… y más se protegen.

No empieces por el sexo (aunque quieras hablar de sexo)

Un error frecuente es ir directos al tema como si fuera una inspección técnica:
“Oye, ¿tú ya…?”
Silencio. Mirada al móvil. Puerta que se cierra.

En cambio, desde la mediación por intereses (modelo Harvard), conviene preguntarnos primero: ¿qué necesito yo realmente?
Normalmente no es saber “si ya lo ha hecho”, sino:

  • Saber que está seguro/a
  • Transmitir valores y cuidados
  • Que sepa que puede acudir a nosotros si lo necesita

Cuando tenemos claro eso, el enfoque cambia.

Una buena puerta de entrada no es una pregunta, sino una oferta de disponibilidad. Algo del estilo:

“Oye, no necesito que me cuentes nada ahora, pero quiero que sepas que si algún día tienes dudas sobre relaciones, sexo o lo que sea… estoy aquí para escucharte, no para juzgarte.”

Eso baja suele bajar las defensas. No exige respuesta inmediata. No invade.

La neutralidad no es frialdad (es respeto)

Desde la Escuela de Milán hablamos de neutralidad: no tomar partido, no anticipar conclusiones, no dar por hecho nada. Aplicado a casa, significa evitar frases como:

  • “A tu edad ya…”
  • “Con cómo están hoy las cosas…”
  • “Espero que no estés haciendo tonterías”

Aunque vayan cargadas de preocupación, suenan a sentencia.

La neutralidad se nota mucho en el lenguaje. No es lo mismo:

  • “¿No crees que es demasiado pronto?”
    que
  • “Cada persona vive estas cosas a su ritmo.”

Este tipo de frases construyen un clima seguro, donde el adolescente no siente que tenga que defenderse antes de hablar.

Aceptar que quizá no hable hoy (y está bien)

Aquí entra el modelo transformativo: el objetivo no es “sacar información”, sino fortalecer la relación. A veces, el éxito no es que cuente nada, sino que no se rompa el puente. Es tirar la caña, una y otra vez, recoger el sedal cundo «no pican» y mantener firme «cuando han picado y tiran».

Muchos padres se frustran porque “no me dice nada”. Pero a veces lo que el adolescente registra es:
“No he hablado, pero sé que puedo.”
Y eso es una inversión a medio plazo.

Como decimos en terapia familiar: mejor una conversación pendiente que una conversación forzada.

Dos consejos prácticos

  1. Habla desde ti, no desde él o ella
    Usa mensajes en primera persona:
    “A mí me habría venido bien saber esto a tu edad”
    en lugar de
    “Tú deberías saber…”
    Reduce la sensación de examen.
  2. Sobre todo elige momentos laterales, no frontales
    Paseando al perro, conduciendo, cocinando juntos. La conversación fluye mejor cuando no hay contacto visual constante ni un “tema oficial” sobre la mesa.

Dos preguntas para reflexionar en familia

  • ¿Qué señales doy, sin querer, de que ciertos temas son incómodos o peligrosos de hablar en casa?
  • Si yo fuera adolescente hoy, ¿qué necesitaría sentir para abrirme con un adulto?

Hablar de sexualidad con nuestros hijos no va de adelantarse a nada ni de llegar tarde. Va de estar disponibles sin invadir, de acompañar sin dirigir el guion, y de recordar que la confianza no se exige: se cultiva, conversación a conversación… incluso cuando esa conversación aún no ha llegado.

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