Como saben muchas personas que me conocen que de vez en cuando tomo café con personas con cierta edad de mi barrio, al menos una vez a la semana. De esas «charradas» como se dice por estos lares ha surgido un «hashtag»; #DesayunconmiAmigoMario, en honor a la persona con más edad del grupo.
Bajo ese paraguas, normalmente, escribo en la red «X», anteriormente Twitter, o como dice mi Amigo Mario: «el pajarito cantor». Retomo el hilo, como decía escribo algunas cosas que surgen entre café y café o churro y churro, o tostada, según se tercie. Hoy nos ha tocado hablar del fuego, de los incendios, de los que lo provocan, de los que se parten el alma combatiéndolo, de los técnicos, de los técnicos que juegan a ser políticos, de los políticos que juegan a ser técnicos, de… Y acabamos hablando del principio de subsidiaridad, que se puede aplicar a muchos ámbitos de la vida. En este caso a la educación de los hijos.
El principio de subsidiariedad en la educación de los adolescentes: acompañar sin sustituir
Cuando nuestros hijos llegan a la adolescencia, el hogar se convierte en un laboratorio de independencia, o como decía Bowlby, aunque él se refiere a la figura de apego (generalmente un cuidador) que funciona como un puerto de seguridad y una plataforma de exploración para el niño. En este caso yo hablo de hogar, de familia.
Parece que de pronto, quienes hasta ayer pedían ayuda para casi todo, comienzan a exigir espacio, a reclamar decisiones propias y a enfrentarse al mundo con una seguridad que, a veces, todavía no tienen del todo. En este contexto, el principio de subsidiariedad ofrece una brújula valiosa para los padres.
¿Qué significa la subsidiariedad en la familia?
La subsidiariedad es un principio que proviene del ámbito social y educativo (para los que conocen la Doctrina Social de la Iglesia saben que estamos hablando de un principio fundamental): cada nivel de responsabilidad debe asumir lo que le corresponde, sin ser sustituido por otro nivel salvo que sea imprescindible. Trasladado a la vida familiar, significa que los padres no deben hacer por sus hijos aquello que ellos ya son capaces de hacer por sí mismos.
La misión es acompañar, orientar y supervisar, no reemplazar.
Autonomía progresiva: crecer con apoyo
El adolescente necesita conquistar parcelas de autonomía: organizar su tiempo de estudio, elegir amistades, gestionar su ocio, colaborar en las tareas domésticas o aprender a manejar su dinero. Cada vez que los padres se adelantan y lo hacen por él – por comodidad, miedo o exceso de cuidado – se corre el riesgo de enviarle el mensaje: “No eres capaz”.
Aplicar la subsidiariedad implica confiar y permitir que nuestros hijos se equivoquen, porque es precisamente en el error donde se consolidan aprendizajes vitales.
Lo que corresponde a los padres
No se trata de una retirada de la responsabilidad educativa, sino de ejercerla con inteligencia. Los padres siguen siendo los principales referentes de valores, límites y afecto. Poner normas claras, explicar consecuencias, estar disponibles para escuchar y dar ejemplo forman parte de un rol irrenunciable. La clave está en distinguir entre acompañar y invadir.
Lo que corresponde a los hijos
Los adolescentes deben asumir que la libertad conlleva responsabilidad.
Si reclaman autonomía para decidir, también deben aceptar las consecuencias de sus elecciones: un suspenso, un conflicto con un amigo o una mala gestión del tiempo. Aprender a responsabilizarse es el mejor entrenamiento para la vida adulta.
Ejemplos prácticos
- Estudios: en lugar de sentarnos a hacer los deberes con ellos como en la infancia, podemos ofrecer un espacio adecuado, preguntar si necesitan ayuda puntual y revisar juntos los resultados, pero dejando que sean ellos quienes planifiquen.
- Tareas domésticas: asignarles responsabilidades concretas (poner la mesa, cuidar de su ropa) que no se negocian ni se hacen “por si acaso lo olvidan”.
- Uso del dinero: darles una cantidad semanal o mensual, enseñando a administrarla y permitiendo que aprendan de sus errores.
- Relaciones sociales: escuchar sus inquietudes, dar orientaciones y advertencias, pero sin decidir por ellos qué amigos tener o qué actividades realizar, salvo que haya un riesgo evidente.
Un equilibrio dinámico
El principio de subsidiariedad no es rígido: a veces habrá que intervenir más, otras veces menos. Depende de la madurez del hijo, de la situación concreta y de la confianza construida. Lo importante es mantener una actitud de respeto hacia la capacidad creciente del adolescente para gobernar su vida, al tiempo que se conserva un marco seguro de límites y valores.
A modo de resumen:
La subsidiariedad aplicada a la paternidad y maternidad con adolescentes significa dar el paso atrás necesario para que ellos den el paso adelante que les corresponde. No es desentenderse, sino acompañar desde la confianza y la firmeza, sabiendo que nuestra misión es prepararles para caminar solos.
O como se dijo en el #DesayunoconmiAmigoMario, si tenemos que hacer 100 y somos dos si uno hace 60, el otro como máximo 40.
Si quieres ver un video resumen puedes hacerlo aquí:
Nota:
El video ha sido generado por Notebook de Gemini de un articulo personal sobre el principio de subsidiaridad en la DSI que también sirve de base para el presente artículo. Es por ello que hay una referencia al tema.